Es muy confuso todo, muy confuso y a la vez triste, triste e
imposible de asimilar.
Un día llegas, y se para tu mundo, en un segundo en un
instante, en el mismo instante en el que una gota de lluvia cae sobre un
charco, en el mismo en el que la manecilla del reloj se mueve, en el instante
de un pestañeo, justo en ese momento en el que un cristal se rompe y a su vez
algo se rompe dentro de ti, y el corazón se te para.
No puede ser, crees que mueres, que ese dolor te mata y te
deja clavado en ese lugar donde estás parado. No hay respiración. No hay
latidos. Todo se desvanece. Cierras los ojos. Una lágrima cae. El tiempo se
para.
Nada. No hay nada.
Respiras rápido. Y más rápido. Y esa cosa a la que podríamos
llamar de todo menos corazón golpea muy fuerte sobre tu pecho.
Ya no hay vida. No hay ilusiones. No hay esperanzas. Hay
menos que nada.
Te fuiste y contigo te llevaste esa vida que me dabas. Esos abrazos que me fortalecían y me dejaban sin respiración. Te llevaste mi ánimo contigo, las ganas de vivir, todo aquello que me transmitiste desde que me diste la vida. Te llevaste contigo aquello que me decía que no desistiera, que tu estabas ahí para levantarme. Ya no estás. Cada palabra, todas las cosas que me decías, las tengo muy dentro de mi. Dabas por mi tu vida entera. Pero te fuiste. Toda esa vida que me dabas, se ha quedado conmigo, porque aunque no pueda tocarte, ni abrazarte sé que estás ahí, y toda esa vida la emplearé para hacer todo aquello que tú querías que hiciera, todo aquello por lo que te sentías tan orgulloso, todo aquello que te daba la vida, y así mantenerte vivo junto a mí, a mi lado.
La respiración deja de ser acelerada, y el corazón se estabiliza. Pero nada volverá a ser como antes de ese instante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario