Al mirar por la ventana cuando me he levantado, me di cuenta
de que el tiempo de hoy acompañaba completamente a mi estado de ánimo. Llevo días
levantándome sin un ‘por qué’ por ello que cada día me cuesta más levantarme de
la cama y seguir con la rutina.
Cuando te arrebatan algo de tu vida, te lo quitan sin
compasión, sin avisar, sin tu tener la culpa de nada, tienes dos opciones. Acabar
con todo y esconder la cabeza. O mirar al frente y seguir.
Hasta ahora la segunda opción fue la que decidí tomar, pero
la situación que me rodea, el día a día, me hace dudar y querer tomar la
primera.
Cuando la vida te quita a lo que más quieres, buscas algo,
algo que te lleve a caminar hacia delante y no quedarte sentado a mitad de
camino. Te aferras aquello que te queda y tu cabeza, tus sentidos y todo tu
ser, se mantiene alerta, para no perder lo que te queda otra vez.
Lo malo de todo esto, es que a mí no me quedó apenas nada. Y
si me queda algo, por mi miedo se está perdiendo poco a poco. Todos mis miedos
están haciéndose fuertes y ese peso, mi espalda no lo soporta.
Intento hacer lo que sea, pero no veo que sirva de nada. La soledad
es una sensación que no se la desearía ni a mi peor enemigo.
Te das cuenta de tantas cosas. De que la gente sólo está
cuando pasa algo muy malo, pero cuando pasa el tiempo te das cuenta de que en
realidad no hay nadie. Te das cuenta de que te esfuerzas en vano. Te das cuenta
de que ya nadie tiene verdadero interés en verte o en estar contigo.
Me encanta sonreír, aunque todo vaya mal. Pero me temo que
ese sobreesfuerzo ya no lo puedo hacer.