Hace ya dos años. Y parece que
hace tanto tiempo que te fuiste, pero tan poco tiempo que te vi por última vez.
Es contradictorio, pero es así. Es contradictorio necesitarte cerca y no poder
tenerte. Es contradictorio tenerte siempre presente y no poder abrazarte. Es contradictorio
a la vez que frustrante Y a esa frustración la acompaña el dolor. Ese dolor que hemos inventado para
cubrir ausencias. Y es que esa ausencia se agranda día a día, al devolverme a
la realidad y hacerme ver que no vas a volver.
Te fuiste sin avisar, asi sin
más, sin despedirte. Pero nosotros no queríamos despedirnos, no queríamos ponerle
final a algo que no iba a acabar nunca. Porque dos pueden más que uno, y tú me das las fuerzas que me faltan para
sacar todo adelante. Para luchar por todo aquello que te enorgullecía. Para hacer
aquello que te dejaste en el tintero.
Yo no sé si estarás orgulloso de
mí, pero he de decirte que yo sí lo estaré eternamente de ti, a la vez que
agradecida. Por haber tenido esa suerte de haberte tenido cerca 17 años y 361
días.
Por mucho tiempo que pase, los
recuerdos siguen aquí conmigo. Porque volvería a perderme en Sevilla buscando
la facultad de Medicina escuchando tus quejas porque no sabía indicarte. Porque
volvería a las paradas a mitad de camino de cada Viernes para tomarnos un café.
Porque si de algo no me olvido es del último abrazo que me diste antes de
subirme al autobús ese Domingo.
Tus alumnos te decían ‘maestro’,
y en cierto modo has sido un poco maestro de muchos. Nos has enseñado tanto, y
tú sin darte cuenta. Y es que no hay nada que me haga sentir más orgullosa que
cuando me dicen: ‘Si es que eres igual que tu padre’.
Como tu bien sabías y decías ‘la
distancia no es el olvido’. Y qué razón tenías.